Volver al ejemplo

Hojea el libro de la abuela Carmen

27 páginas · 9 capítulos · un código QR con su voz en cada uno

Vozmento

Lo que me contó la abuela Carmen

Historias de Carmen Ruiz Molina, contadas con su voz

Para mis nietos, Lucía, Marc y la pequeña Olivia,
para que sepáis de dónde venís
y no se os olvide nunca cómo reía vuestra abuela.

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Cómo nació este libro

Este libro empezó con una pregunta por WhatsApp: «Abuela, ¿cómo era el pueblo donde creciste?». Mamá nos lo regaló a todos por Navidad, y durante un año, cada domingo, la abuela Carmen nos contó un trocito de su vida.

Algunas historias ya las sabíamos. La mayoría, no. Escucharla hablar de su madre, de la tienda o del día que conoció al abuelo nos hizo entender mejor de dónde venimos.

Lo que tienes en las manos son sus palabras, tal y como las dijo. Y en cada capítulo hay un código: si lo escaneas con el móvil, la oirás a ella contándolo.

Índice

  1. El pueblo donde nací
  2. La cocina de mi madre
  3. La escuela de doña Pilar
  4. El día que conocí a tu abuelo
  5. Una boda bajo la lluvia
  6. Cuando nacieron vuestros padres
  7. Nuestra tienda
  8. Los veranos en la playa
  9. Lo que os quiero decir

Escanea el código al principio de cada capítulo para oír a Carmen contarlo con su voz.

Escanea el código de cada capítulo
y escucha su voz mientras lees.

Capítulo 1

El pueblo donde nací

La familia en el pueblo, hacia 1955.

«¿Cómo era el pueblo donde creciste?»

Yo nací en el cuarenta y ocho, en una casa blanca que estaba justo detrás de la iglesia. Éramos cinco hermanos y yo la del medio, que es la que siempre se libra de todo y la que siempre se lleva las culpas, las dos cosas a la vez.

En el pueblo no había nada y lo teníamos todo. Por la mañana íbamos a por agua a la fuente de la plaza con los cántaros, y mi madre nos contaba los pasos para que no tardáramos. Por la tarde, cuando bajaba el sol, nos sentábamos todos en la puerta con las sillas de enea y los mayores hablaban de la cosecha y de quién se casaba con quién.

No teníamos juguetes, pero teníamos la calle entera. Jugábamos a la comba, a las tabas y al escondite entre los olivos, y cuando sonaban las campanas de la iglesia a las ocho sabíamos que había que volver corriendo a casa, porque si llegabas tarde no había cena.

Lo que más me acuerdo es del olor a pan. Mi abuela Dolores amasaba los viernes y el horno de la calle Real se encendía de madrugada. Nos despertábamos con ese olor y ya sabíamos que era un día bueno. Todavía hoy, cuando paso por una panadería temprano, cierro los ojos y estoy otra vez allí.

En el pueblo no había nada y lo teníamos todo.

Capítulo 2

La cocina de mi madre

Una cocina como la de mi madre, con las ollas colgadas en la pared.

«¿Qué recuerdas de tu madre?»

Mi madre se llamaba Rosario y era la persona más trabajadora que he conocido. Se levantaba antes que nadie para encender la lumbre y se acostaba la última, después de dejar la ropa preparada para el día siguiente.

La cocina era su sitio. Tenía las ollas de cobre colgadas en la pared, relucientes, porque decía que una casa se conoce por cómo brillan sus ollas. Allí hacía el potaje de los lunes, las migas cuando llovía y las torrijas de Semana Santa, que eran una fiesta.

Mi madre no decía te quiero. En aquella época no se decía. Pero te ponía el plato más lleno, te guardaba el trozo de pan con más corteza y te remendaba el abrigo de noche para que por la mañana te lo encontraras nuevo. Yo eso lo entendí de mayor, cuando fui madre.

Me enseñó a cocinar sin pesar nada, a ojo, como se ha hecho siempre. Por eso las recetas que os he dado nunca me salen escritas bien: un puñado de esto, un chorrito de lo otro. Lo importante es probar y querer a quien te lo vas a comer.

Mi madre no decía te quiero. Te ponía el plato más lleno.

Capítulo 3

La escuela de doña Pilar

Así eran las clases cuando yo era niña: todas juntas, de todas las edades.

«¿Cómo era el colegio cuando eras pequeña?»

Fui a la escuela hasta los doce años. Era una sola clase para todas las niñas del pueblo, de todas las edades, con una estufa de leña en el medio que había que alimentar por turnos. En invierno nos peleábamos por sentarnos cerca.

La maestra era doña Pilar, que había venido de Granada y nos parecía la mujer más elegante del mundo. Llevaba el pelo recogido y unas gafas pequeñitas, y cuando se enfadaba no gritaba: se quedaba callada, y aquel silencio daba más miedo que cualquier castigo.

A mí me encantaba leer. Un día me hizo leer en voz alta delante de todas y, al terminar, me dijo que leía tan bien que algún día tendría que contar historias. Fíjate tú, setenta años después, aquí estoy, contándolas.

A los doce lo tuve que dejar para ayudar en casa. Lloré mucho. Doña Pilar me regaló un libro de poesías que todavía conservo, con su nombre escrito en la primera página con letra muy bonita.

Doña Pilar me dijo que leía tan bien que algún día tendría que contar historias.

Capítulo 4

El día que conocí a tu abuelo

Yo, unos años después, en la playa de Almería.

«¿Cómo conociste al abuelo?»

A tu abuelo Antonio lo conocí en las fiestas de agosto, el año sesenta y cinco. Él había venido con unos primos desde Linares y no conocía a nadie. Yo llevaba un vestido azul que me había hecho mi tía y me pidió bailar tres veces seguidas.

A la tercera le dije que si quería bailar más tendría que pedírselo a mi padre. Y fue y se lo pidió. Mi padre, que era muy serio, se quedó mirándolo un buen rato y luego se echó a reír. Ahí supe que ese muchacho iba a volver.

Estuvimos tres años de novios escribiéndonos cartas, porque él trabajaba en Linares y solo venía en las fiestas y en Navidad. Todavía las tengo en una caja de galletas, atadas con una cinta roja. Algunas no las he vuelto a leer porque me da no sé qué; otras me las sé de memoria.

Tu abuelo escribía fatal, con unas faltas que daban miedo, pero escribía cosas tan bonitas que a mí me daba igual. En una me puso que cuando cerraba los ojos le salía mi cara, y yo esa carta la llevaba en el bolsillo del delantal a todas partes.

A la tercera le dije que si quería bailar más tendría que pedírselo a mi padre.

Capítulo 5

Una boda bajo la lluvia

El día de la boda, en abril de 1968.

«¿Cómo fue el día de tu boda?»

Nos casamos en abril del sesenta y ocho, en la iglesia de San Andrés. Yo tenía veinte años y él veinticuatro. El vestido me lo cosieron entre mi madre y mi tía en tres semanas, por las noches, a la luz de un quinqué.

Llovió toda la mañana. Mi madre estaba desesperada porque decía que novia mojada, novia afortunada, pero que no hacía falta tanta suerte. Fuimos a la iglesia con los zapatos en la mano y nos los pusimos en la puerta.

Pero al salir de la iglesia salió el sol, justo cuando nos tiraban el arroz. Todo el pueblo lo comentó durante años. El banquete fue en el patio de mis suegros: cordero, vino de la tierra y unos dulces que trajo una vecina que eran la gloria.

Bailamos hasta las tantas. Tu abuelo, que bailaba como un pato, ese día bailó como nunca. Al final de la noche me dijo al oído: «Carmen, esto lo vamos a hacer muy bien». Y tenía razón. Cincuenta y dos años juntos.

Llovió toda la mañana, pero al salir de la iglesia salió el sol.

Capítulo 6

Cuando nacieron vuestros padres

Con tu tío Javier recién nacido, en casa de mis suegros. 1970.

«¿Cómo fue ser madre por primera vez?»

Javier nació en el setenta, en casa, con la comadrona del pueblo. Fue una noche de enero con un frío que pelaba, y tu abuelo estuvo toda la noche paseando por el pasillo como un león enjaulado.

Cuando me lo pusieron en los brazos no me lo podía creer. Era tan pequeño y tan serio, con el ceño fruncido como su abuelo. Esa noche no dormí nada: me la pasé mirándole respirar, por si acaso.

Dos años después llegó tu madre, Elena, que era todo lo contrario: no paraba de reír y de llorar, todo a la vez y a todas horas. Nadie te enseña a ser madre. Aprendes mirándoles dormir, equivocándote y volviendo a empezar.

Lo que más me gustaba era el ratito antes de dormir, cuando les contaba cuentos que me inventaba. Javier siempre quería el del lobo bueno; Elena, el de la niña que vivía en una nube. Ahora se los cuento a vosotros, y me hace gracia ver que pedís los mismos.

Nadie te enseña a ser madre. Aprendes mirándoles dormir.

Capítulo 7

Nuestra tienda

Con vuestros padres, de pequeños, en la trastienda. 1976.

«¿Cuál fue el trabajo del que estás más orgullosa?»

En el setenta y cinco abrimos la tienda. Tu abuelo quería ponerle su nombre y yo le dije que la iba a llevar yo, así que se llamó Ultramarinos Carmen y no hubo más que hablar.

Vendíamos de todo: aceite a granel, legumbres, jabón, hilo, caramelos para los niños. Había vecinas que no podían pagar hasta final de mes y yo lo apuntaba todo en una libreta de tapas negras. En treinta años no se me quedó nadie a deber, porque aquí la palabra valía más que el dinero.

Vuestros padres se criaron en la trastienda, haciendo los deberes entre sacos de garbanzos. Javier aprendió a sumar con la báscula, y Elena se sabía el precio de todo antes que yo.

De la tienda sacamos adelante a la familia y les pagamos los estudios. Cuando la cerré, en el dos mil cinco, lloré como una niña. Pero cada vez que alguien del pueblo me para por la calle y me dice que se acuerda de los caramelos de anís, me sigo poniendo muy contenta.

Aquí la palabra valía más que el dinero.

Capítulo 8

Los veranos en la playa

Uno de aquellos veranos en Almería, con los amigos del pueblo.

«¿Cuál es tu mejor recuerdo de un verano?»

Hasta los treinta años yo no había visto el mar. La primera vez fue en el setenta y ocho, cuando nos fuimos con otras tres familias del pueblo a Almería, en dos coches cargados hasta el techo con colchones, sandías y un hornillo.

Alquilamos una casita a cien metros de la playa, todos juntos, durmiendo donde se podía. Los niños se pasaban el día en el agua y los mayores, debajo de una sombrilla de rayas, jugando a las cartas y comiendo tortilla fría.

Por la noche nos sentábamos en la arena a ver las estrellas y alguien siempre sacaba una guitarra. Tu abuelo cantaba coplas fatal, pero con mucho sentimiento, y todos acabábamos cantando con él.

Fuimos casi todos los años hasta que vuestros padres se casaron. Aquellos quince días al año eran nuestra riqueza. No teníamos dinero para nada más, pero os aseguro que no he sido más feliz en mi vida.

Aquellos quince días al año eran nuestra riqueza.

Capítulo 9

Lo que os quiero decir

Así nos gusta recordarlos: riendo.

«¿Qué te gustaría que tus nietos supieran siempre?»

Lucía, Marc, Olivia: si algún día leéis esto, quiero que sepáis que he sido muy feliz. Con poco, pero muy feliz. La felicidad no está en lo que tienes, está en con quién lo compartes.

No os enfadéis por tonterías. Llamad a vuestra madre aunque estéis ocupados. Comed sentados a la mesa, todos juntos, siempre que podáis. Y cuando os equivoquéis, que os equivocaréis, pedid perdón pronto, que luego cuesta más.

Vuestro abuelo y yo os quisimos desde antes de que nacierais. Cada vez que me hacíais una pregunta para este libro, me sentía la mujer más importante del mundo. Gracias por querer saber de mí.

Cuando tengáis dudas, o me echéis de menos, escuchad este libro. Ahí estaré yo, contándoos cómo era el pueblo, riéndome de vuestro abuelo y queriéndoos como siempre.

Cuando tengáis dudas, escuchad este libro. Ahí estaré yo.

Hecho con Vozmento

Las historias de este libro las contó Carmen Ruiz Molina con su voz.
vozmento.com

«Cuando tengáis dudas, escuchad este libro. Ahí estaré yo.»

Carmen Ruiz Molina